sábado, 20 de agosto de 2011

Fríos para-mosos

Llegó la noche. Aquélla, era una lluviosa y fría; de las que provoca coger una cobija y doblarse en ella y tal vez desempolvar una canción que traiga un recuerdo mojado que combine con el agua de afuera... Lo pensó y lo hizo: encendió un radio desgastado que tenía hace años y buscó un casete de los que coleccionaba.
                                   
(Sonó una de esas canciones que tenían algo más que letra, algo más que música.
 De esas que cuando vibran, cuentan una historia... La de uno).

Cada instrumento le tocaba el cuerpo y la voz que cantaba, se transformaba en palabras dichas al oído en voz bajita. Sentía la respiración húmeda y la piel se le iba erizando casi igual que esa noche.
                                               
Cerró sus ojos y escuchó... 
Se dobló en su cobija.
Se gastó la canción ya desgastada.
Se cantó la letra.
Se tocó la música.
Se vibró los instrumentos.
Y se contó la historia de esa noche.
Cuando los abrió, el agua de afuera se había entrado en ella.
                                
                                                                                 

De la felicidad.


Yo he sido feliz. He experimentado la plenitud más amplia del ser humano: la libertad y la he convertido en felicidad. He regalado mis sonrisas al que se ha apropiado de ellas... Y he sido feliz.
He estado triste, al punto de no sentir el dolor porque se ha vuelto insensato.
Creo que nunca he llorado de felicidad pero me han faltado lágrimas para expresar mi tristeza.

Los humanos a veces creemos que la tristeza se siente con más intensidad que la felicidad; la única razón que tengo para creer lo contrario es que cuando hablamos de la primera decimos que hemos estado, no que hemos sido. Y ser es permanecer, estar es pasar.

Como la manzana de Eva




Lo bueno de los amores furtivos es que como no hay confianza todo puede ser verdad; lo malo es que pueden dejar de ser furtivos.