Hacía seis meses que no había vuelto a llorar. Ella estaba de viaje y para ella, era mejor así. Cada que regresaba, la volvía loca, le recordaba sus tristezas, se ponía melancólica y bebía todos los días durante su estadía. Lloraba con tanta fuerza, gritaba con tantas ganas que sus ojos quedaban secos y su voz ronca se debilitaba. Ahora, se encontraba tranquila. La noche estaba fresca y la luna redonda. Se escuchaba el sonido del mar, tan quieto, tan calmado, tan suave… Y sus pasos, sobre la madera vieja y desgastada de aquel muelle; lentos, decididos, seguros.
Escogió su vestido predilecto: ese blanco que se ceñía a su pequeña cintura y dejaba al descubierto sus hombros pálidos y huesudos que tanto le gustaban. Aquel blanco que tapaba sus tobillos y forraba sus caderas. Se soltó su cabello y dejó que el viento lo revolcara a su antojo.
La soledad que sentía le hacía bien, ¿o mal? Ya no lo sabía. Disfrutaba del viento que movía su vestido y su cabello, se dejaba llevar por él como si manejara su cuerpo y sus pies flotaran. Disfrutaba de caminar lento, de respirar hondo, del olor a sal y del reflejo que el mar ponía sobre sus pupilas. El cielo oscuro se juntaba con el mar, al final, en el horizonte, donde ella quería estar.
Disfrutaba de aquel muelle que conocía desde pequeña. Un muelle abandonado por todo el pueblo y que ella miraba con asombro. Era la vista más completa del mar, cuando llovía, cuando salía el sol. A ella le gustaba ir por las noches, sin ella. Pero ella siempre estaba en sus pensamientos. Ahí estaba, persiguiéndola. Y entonces se desesperaba, quería correr, huir hasta aquella línea invisible. Recordaba las muchas veces que había intentado nadar hasta allí para morirse, para desdibujarla para siempre. Morir de frío, de debilidad, de susto. Tal vez.
Una noche había salido de su casa y se había tirado al mar. No quería vivir más, ella le enredaba la mente y estaba dispuesta a no seguir viviendo si con eso terminaba con todo. Pero ella también lograba asustarla y al final sus ganas por demostrarle que era más fuerte, se quedaban en impulsos. Sólo en eso.
Admiraba la quietud del mar y lograba quedarse pasmada, serena, caminando con los ojos cerrados tratando de esquivar los recuerdos que la hacían cambiar su manera de ir y venir.
Se sentó al final del muelle, metió sus pies descalzos al mar. El agua estaba fría y sentía un escalofrío agudo que ponía su piel en punticos. El viento era más fuerte, su respiración más profunda, sus ojos más cerrados. Volvió a calmarse.
Miró al horizonte, justo donde el mar se confundía con el cielo, justo donde ella quería estar. Lejos de ella, de aquella absurda sombra que le robaba por temporadas su tranquilidad, la del mar; sus pensamientos, los de ella, de aquélla que le regalaba melancolía y locura diabólica, de aquélla que le robaba sus ganas de vivir. De aquélla extraña sombra que también le robaba todo eso y a la vez le devolvía esa paz para caminar flotando, para vestirse de blanco y sentirse plena. Quería alejarse de aquella sombra bipolar que la hacía doble.
