viernes, 27 de agosto de 2010

Sombr-ella (Escrito a partir de la pintura)

Hacía seis meses que no había vuelto a llorar. Ella estaba de viaje y para ella, era mejor así. Cada que regresaba, la volvía loca, le recordaba sus tristezas, se ponía melancólica y bebía todos los días durante su estadía. Lloraba con tanta fuerza, gritaba con tantas ganas que sus ojos quedaban secos y su voz ronca se debilitaba.

Ahora, se encontraba tranquila. La noche estaba fresca y la luna redonda. Se escuchaba el sonido del mar, tan quieto, tan calmado, tan suave… Y sus pasos, sobre la madera vieja y desgastada de aquel muelle; lentos, decididos, seguros.

Escogió su vestido predilecto: ese blanco que se ceñía a su pequeña cintura y dejaba al descubierto sus hombros pálidos y huesudos que tanto le gustaban. Aquel blanco que tapaba sus tobillos y forraba sus caderas. Se soltó su cabello y dejó que el viento lo revolcara a su antojo.

La soledad que sentía le hacía bien, ¿o mal? Ya no lo sabía. Disfrutaba del viento que movía su vestido y su cabello, se dejaba llevar por él como si manejara su cuerpo y sus pies flotaran. Disfrutaba de caminar lento, de respirar hondo, del olor a sal y del reflejo que el mar ponía sobre sus pupilas. El cielo oscuro se juntaba con el mar, al final, en el horizonte, donde ella quería estar.

Disfrutaba de aquel muelle que conocía desde pequeña. Un muelle abandonado por todo el pueblo y que ella miraba con asombro. Era la vista más completa del mar, cuando llovía, cuando salía el sol. A ella le gustaba ir por las noches, sin ella. Pero ella siempre estaba en sus pensamientos. Ahí estaba, persiguiéndola. Y entonces se desesperaba, quería correr, huir hasta aquella línea invisible. Recordaba las muchas veces que había intentado nadar hasta allí para morirse, para desdibujarla para siempre. Morir de frío, de debilidad, de susto. Tal vez.

Una noche había salido de su casa y se había tirado al mar. No quería vivir más, ella le enredaba la mente y estaba dispuesta a no seguir viviendo si con eso terminaba con todo. Pero ella también lograba asustarla y al final sus ganas por demostrarle que era más fuerte, se quedaban en impulsos. Sólo en eso.

Admiraba la quietud del mar y lograba quedarse pasmada, serena, caminando con los ojos cerrados tratando de esquivar los recuerdos que la hacían cambiar su manera de ir y venir.

Se sentó al final del muelle, metió sus pies descalzos al mar. El agua estaba fría y sentía un escalofrío agudo que ponía su piel en punticos. El viento era más fuerte, su respiración más profunda, sus ojos más cerrados. Volvió a calmarse.

Miró al horizonte, justo donde el mar se confundía con el cielo, justo donde ella quería estar. Lejos de ella, de aquella absurda sombra que le robaba por temporadas su tranquilidad, la del mar; sus pensamientos, los de ella, de aquélla que le regalaba melancolía y locura diabólica, de aquélla que le robaba sus ganas de vivir. De aquélla extraña sombra que también le robaba todo eso y a la vez le devolvía esa paz para caminar flotando, para vestirse de blanco y sentirse plena. Quería alejarse de aquella sombra bipolar que la hacía doble.

jueves, 26 de agosto de 2010

Desde la cima de la ciudad.

Noche oscura, iluminada por la vena que recorre los ríos y las ciudades llenas de raíces.
Que mientras mis uñas se estremezcan, yo seré canciones y no el volcán que se hunde tras de ti.
Me escapa una voz, un suspiro de tu sangre...
Y la sal de tus mares enredada en las hojas de los árboles, que sin ti no son ramas.

Si tus canciones ya no son volcanes, no hieras sin sentir.
Si tus árboles ya no tienen ramas, quémalos en segundos.
Y si tus uñas ya no se estremecen, tus ríos no recorren las ciudades, la noche no se te ilumina, la voz no se te escapa; entonces ya no seas más un suspiro mío.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Porque vivir sólo cuesta vida.

¿Qué será lo que no se aprende en la vida?

…Lo que no está hecho de ella.

En la vida vamos caminando y nos caemos y nos levantamos y nos volvemos a caer y nos volvemos a levantar. Y la vida te sigue tumbando y tú te sigues levantando…

Algunas veces te ayudan a pararte, otras, te toca solo… Pero al fin y al cabo, te sigues poniendo de pie.

En la vida hay dolores tan fuertes que no admiten preguntas. Esos dolores después sacarán sonrisas porque existe una satisfacción de que lo único que te hace feliz, es eso que te cuesta, es eso por lo que luchas.

La vida te da dosis de felicidad; pequeñas, medianas y grandes. Duraderas y cortas. Pero te las da.

En la vida conoces personas… y conoces… y conoces. Unas de hierro, otras de alma. Unas que son para siempre, otras que son para entonces. Unas verdaderas, otras pasajeras. Y eliges quién se queda en tu vida y quién se va de ella.

En la vida, el tiempo duele. A veces por largo, a veces por corto. Pero sólo hay uno y está para hacerlo eterno, para no llevar reloj puesto y por fin ser capaz de no tener miedo.

En la vida hay muchos miedos, que yo prefiero dejar en la almohada… Hay miedos que te alejan de lo que querías y hay otros que te chocan con la realidad.

En la vida sólo lo que se hace con pasión, se siente con ardor. En la vida sólo cuando se entrega lo mejor, se siente satisfacción. Y lo que se lucha con sudor, se vive con amor.

¿Para qué el destino si tenés la vida? ¿Para qué el después si tenés el hoy? ¿Para qué el reloj si no tenés tiempo? ¿Para qué el andar si tenés el caminar? ¿Para qué?

La alegría acorta caminos.

El amor embellece el alma.

El rencor crea ataduras.

La sabiduría responde placeres.

El sexo crea vicios.

El olor deja huellas.

…Y es que vivir sólo cuesta vida.

De mis pocos aprendizajes.

De la amistad he aprendido el desinterés.
Aprendí que la distancia no es un muro para la complicidad y que los amigos del tiempo, son para la vida.

De la felicidad he aprendido lo imperceptible.
Aprendí que sólo cuando pierdes la felicidad, te das cuenta realmente cuán feliz eras.

Del amor he aprendido la lealtad y la libertad.
Aprendí que la sinceridad genera lazos fuertes y la libertad, enamora, encanta.

Del dolor he aprendido el valor.
Aprendí que lo que duele, te hace fuerte. Lo que duele un tiempo, perdura mucho más.

De la escritura he aprendido el disfrute.
Aprendí que mi compañera interminable, infaltable, inacabable, eterna será la inspiración que me da la vida misma; que hace que yo no duerma en las noches y coja un lápiz para escribir.

Del tiempo he aprendido la paciencia.
Aprendí que las respuestas que no da el tiempo, no las dice nadie. El tiempo es el mejor amigo de los años, pero el peor enemigo del que desespera.

De la soledad he aprendido el desapego.
Aprendí que las compañías veraces te acompañan a lo largo de tu vida; presentes o ausentes físicamente pero siempre con la mente.

De la alegría he aprendido a sonreír.
Aprendí que la risa contagia buenas energías y eso produce paz interior.

De la tranquilidad he aprendido la clave de la vida.
Aprendí que sólo cuando reflejas calma, mantienes el equilibrio en todo.

De la vida he aprendido a vivir.
...Porque vivir, sólo cuesta vida.

lunes, 2 de agosto de 2010

Sin tiempo.

Añadir leyenda
Cómo pasa el tiempo y cómo pasa todo.
Qué manera de perder la memoria con tanta facilidad...
Pero al fin y al cabo, nunca la tuviste muy cercana a ti.
Vayámonos sin mochila, sin tiempo y sin afanes.
Vayámonos sin lugar, sin recuerdos, sin escritos.
Dame un abrazo, de esos que soñé antes de conocerte.
Duérmete conmigo y pásame tus sueños.
                                                          Regálame una sonrisa que me muestres con tus ojos.
                                                          Y háblame de frente cuando estés dormido.
                                                          Te recuerdo por inercia.

                                                           Quédate un rato más, ¿no?